sábado, 23 de enero de 2010

Rosado


Conejos, cientos de conejos rosados dando saltos sobre mi cabeza. Alborotándola, despeinándola, enredándola, moliéndola. No sé donde esta mi boca, ni mis ojos, ni si quiera mi nariz.

Siento como mis sueños me hacen descubrir mis miedos, como danzan para mí los espectros oscuros y desnudos para hacerme sentir cerca de la muerte, muy cerca de morir.

Los golpes continúan martillándome la cabeza, haciendo más difícil pensar y como se me ha perdido la nariz, se me hace más difícil respirar y mucho más hablar, hablar contigo.

Todo se complica, legiones de lindos conejos obstruyen el paso de mi razón de mi coherencia de mi paz.

Las pesadillas regresan una y una vez. No lo sabes, no preguntas, no quiero que lo hagas. Me asfixian tus pequeñas patas de conejo rosado.

Un par de golpes más y soltaras algún reclamo. Seguro que me dirás, que me importa más escribir estúpidamente unas estúpidas líneas tan metafóricas que solo mi tonto cerebro comprenderá y que mi estúpida mano tan torpe, dibujará al escucharte gritar lo mala que soy porque soy yo y no otra más.

Tus dientes han carcomido lo suficiente mi frente, ahora, tus pezuñas rosadas chocan directamente con la poca masa gris que consideras que tengo. Se llenan de sangre tus patitas, se vuelven rojas, rojas como mi nariz cuando lloro.

Hago puchero y la gravedad empuja mis lágrimas hacia la cama en la que duermo, en la que creo descansar. El único lugar donde pensé que estaba segura hasta que comencé a tener pesadillas, ahora nada es seguro. El eco de lo negativo rodea todo.

Acabo de encontrar mis ojos, pero ha sido demasiado tarde. Se han inundado tanto, que puedo llenar mis manos, con tanta agua salina que expiden mis dos óvalos blancos con marrón. Esos óvalos que dicen todo y hablan o gritan, lo que mi boca se demora en decir o no dice.

Vuelven los conejos rosados. Les pido tregua. Mi nariz quiere parar. Todo se pone rosa, rosado, aunque no me gusta. Y no cambia porque aparece algún “tu”, sino porque la música ha invadido el mar de letras que tenía en la cabeza, los ha ordenado y lo he entendido.

Sufro de nuevo, pero con algo de satisfacción. Vuelvo a escribir a pesar de que no te guste, sigo siendo yo. La misma que muere por un lapicero y un papel, cuando no puede ver ni sus manos.

Burbujas en el mar

Manos sumergidas en una hendidura tan, pero tan profunda, que se han perdido. Lentamente, he intentado desprenderme de la fuerza con la que me atrae. Pero no puedo.

El mar embravecido inunda los orificios de mi cara y no me deja respirar, ni ver y mucho menos, escuchar.
Por fin, desatoro mis manos, del agujero profundo y puntiagudo en el que estuvieron atrapadas. Mi piel se desgarra. Siento, cómo la más filuda punta que tiene esa maldita roca, se osa a tocar a piel.

Entonces, después de alzar la cabeza tras la última ola que sumergió mi cuerpo y lleno de burbujas mis oídos; corre una corriente caliente que se desliza rápidamente por mi pantorrilla.

Caigo rendida en la arena. La aceleración de mis latidos, la falta de oxigeno, la nulidad con la que escucho los gritos lejanos de lamento y desesperación de mi mamá, hacen cada vez más lejana la fe esta vida.
Un susto, sólo un susto. Abro los ojos pero los vuelvo a cerrar. La salinidad del mar incinera mis ojos. Me arden, siento que el fuego está en ellos. Me toco la cara. Gracias al cielo todo está en su sitio. Mis oídos, mi boca y mi nariz, no pudieron ser removidos por la fuerza ni la braveza ni la furia, con la que el mar se ensañó conmigo.
Sólo entonces, cuando descubro que estoy viva. Me siento lentamente y una línea de rojo intenso, cubre parte de mi pierna.

Toco la herida. Las yemas de mis dedos sentían la perfección de lo afilada que estaba la roca. El corte fue perfecto. Pero el final de la carne viva y roja, muy roja, se rasgó como el papel.

Mis dedos se deslizaban en la hendidura como cuando se suele tocar la plastilina, con tanta libertad que me asustaba la profundidad del corte.
Mis manos rojas al fin, hicieron que mi cuerpo reaccionara ante el suceso de mi casi muerte.
Sentí lo que aún desgarraba mi piel. La última esquirla de peña que me atacó en el mar.