Te he dibujado un poema con las yemas de mis dedos,
imagina que tan desgastada está mi piel,
luego de tantos intentos de perfeccionismo que me caracterizan.
Te he pintado y delineado de diversos,
tantos o más colores que los del arcoíris.
De colores rarísimos. Tantos, que la memoria solo se recuerda uno:
ROJO.
Es que he recorrido y rehecho el trazo tantas veces que mis dedos están sangrando.
Ten compasión de mí y de las marcas que he dejado,
Mil disculpas por los restos del fluido de mis venas
en la punta de cada una de tus obsesionantes pecas.
Deduzco que así, sangrando, memorizo de una vez todas tus
líneas, tus tangentes, tus secantes, tus perpendiculares, tus senos y tus cosenos.
El contraste de tu lánguido cuerpo y mis agresivas caricias han causado la fuga de las sábanas.
Mi piel está en carne viva, muy viva,
casi tanto que ahora tiene voz propia y grita.
Ha llegado a su punto máximo el color chorreante de mis dedos comparado a tu centro.
Tu centro es un ser fosforescente.
Que cual platillo principal,
no pierdo de vista y aparto para el final.
Casi a punto de expirarse el líquido circulante de mi cuerpo,
rosando el clímax de la exactitud sensorial, donde el Rojo pierde su importancia y estallan miles de colores…
Me atrevo a mirarte una vez más,
tu rostro enrojecido y tu boca bulliciosa,
han reposado en el último suspiro
que el aliento me permite.
Mis manos, uniéndose a la participación de mis dedos
ya conocen la ruta hacia el centro de tu ser.
Con los ojos entrecerrados me disuelvo, te deshaces, nos mezclamos, nos unimos, no nos separamos.
Quedamos como empezamos. Yo aquí y tú allá.

