sábado, 23 de enero de 2010

Burbujas en el mar

Manos sumergidas en una hendidura tan, pero tan profunda, que se han perdido. Lentamente, he intentado desprenderme de la fuerza con la que me atrae. Pero no puedo.

El mar embravecido inunda los orificios de mi cara y no me deja respirar, ni ver y mucho menos, escuchar.
Por fin, desatoro mis manos, del agujero profundo y puntiagudo en el que estuvieron atrapadas. Mi piel se desgarra. Siento, cómo la más filuda punta que tiene esa maldita roca, se osa a tocar a piel.

Entonces, después de alzar la cabeza tras la última ola que sumergió mi cuerpo y lleno de burbujas mis oídos; corre una corriente caliente que se desliza rápidamente por mi pantorrilla.

Caigo rendida en la arena. La aceleración de mis latidos, la falta de oxigeno, la nulidad con la que escucho los gritos lejanos de lamento y desesperación de mi mamá, hacen cada vez más lejana la fe esta vida.
Un susto, sólo un susto. Abro los ojos pero los vuelvo a cerrar. La salinidad del mar incinera mis ojos. Me arden, siento que el fuego está en ellos. Me toco la cara. Gracias al cielo todo está en su sitio. Mis oídos, mi boca y mi nariz, no pudieron ser removidos por la fuerza ni la braveza ni la furia, con la que el mar se ensañó conmigo.
Sólo entonces, cuando descubro que estoy viva. Me siento lentamente y una línea de rojo intenso, cubre parte de mi pierna.

Toco la herida. Las yemas de mis dedos sentían la perfección de lo afilada que estaba la roca. El corte fue perfecto. Pero el final de la carne viva y roja, muy roja, se rasgó como el papel.

Mis dedos se deslizaban en la hendidura como cuando se suele tocar la plastilina, con tanta libertad que me asustaba la profundidad del corte.
Mis manos rojas al fin, hicieron que mi cuerpo reaccionara ante el suceso de mi casi muerte.
Sentí lo que aún desgarraba mi piel. La última esquirla de peña que me atacó en el mar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario