No sé que hora de la tarde es.
Mi cuerpo se encuentra semidesnudo, al aire libre en ese lugar donde todos mostramos lo que comúnmente esta pálido. Es el Silencio…así se llama esta playa. ¿Cómo describir un ambiente tan veraniego? Una playa ancha y baja, con olas de 2 metros, agua cristalina como son las playas del sur, cielo despejado y un ambiente lamentablemente no tan favorable como la de otros domingos –too much people-. Entre la brisa marina, las gaviotas, el sonido de una emisora conocida y el bullicio de los niños llenos de suplicas pidiendo todas las golosinas playeras; estoy sentada.
Con ese bikini que aun no has visto, pero que esta vestido en el cuerpo que tu aroma ha tomado como suyo. No estas y me bastaría que aunque sea estés en tácito, ¿tú me entiendes, no? A mi costado, tapándote del sol porque asumo que detestas sudar, mientras yo, quiero locamente broncearme. No te lo he dicho pero hace algún tiempo -creo que antes de conocerte- soñé que estaba en la playa, recostada en la arena con los ojos cerrados, pretendiendo tener el color de la canela o del pollo a la brasa. De pronto, oigo la que creo y espero acertar, es tu voz diciéndome palabras dulces frente mío, tapándome al mismo tiempo la luz. Con la más noble sonrisa del mundo. Esa que me encanta. Me extiendes la mano derecha y con los ojos entreabiertos te digo: ¿qué pasa mi amor? sólo respondes: “vamos adentro que es hora del almuerzo”. Asumo -de forma muy romántica- que esto será en el futuro, nuestra luna de miel o de edulcorante. Pidiéndote perdón de antemano por adelantarme a lo que podría ser nuestra historia o sea la historia de nuestra vida “together”.
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