Me tosté en tus mejillas
Dice que fue el Sol... pero no.
El Sol andaba oculto seguro,
por eso apareció otra estrella más grande , luminosa y bello...
Estaba rojo mujer!
Era torpe su postura pero logró que el rojo carmesí de su rostro y labios se confundieran con la tarde.
Estaba vestido de Tarde entonces!
Era torpe, sí. Pero logró lo no conocido.
Un juego de luces perfecto.
Lástima que duró lo que el Sol demora en sumergirse.
Sumergirse como galleta con chispas en la leche,
como dedo en la herida a veces...
Sumergirse como lágrima en los labios,
en esos días donde su luz destroza las pupilas.
Donde su luz encandila tanto, donde no se oye voz ni canto.
Cuando el pudor no está presente y cuando esta bien sentir a veces.
Ansío esas tardes.
¿Qué hago cuando se opaca su rostro? Dime de qué placeres dispongo. Hay mucha bulla en estas calles...
Colores, voces, rostros, latidos de la tarde en medio de una calle de miradas.
Mujer, ¡ a merita el vino!
Ansio colores así; como de miradas confabuladas, como de deseos caprichosos, como de amores furtivos.
Placer eterno de gozar de sus pupilas taciturnas,
de bailar en sus oidos silenciosos,
de jugar a enredarse en sus cabellos.
Pretender seguir su pensamiendo, cuando al fin inmóvil, calla.
Absorber su respiración acompasada, hasta que la brisa de su aliento se impregne en mis entrañas.
A merita el vino, la sangre y los besos.
Hasta que el silencio muera, hasta que sus dedos hablen y griten por fin al viento sus conjuros para detener el tiempo.
Hasta que sus dedos ansiosos arriesguen su fortuna y palpen la agonía mis palabras. Espacio verdadero, profundo, inefable y secreto.
Laberinto descubierto pero no resuelto. Temor escondido pero no vencido. Amor involucrado pero no mostrado.
**(Carapulcra recién hecha pero no servida)
No hay quienes comiencen una partida. Mutismo impuro por uno, e insatisfechos caprichos por el otro.
No me atrevo. ¡Inútil! Esperanza tránsida y verdad incontrolable.
Incontrolable! Intocable! Inalcanzable sabor a par.
Entrelazada realidad,
consumo venidero,
añoranza lejana, furtivo desenlace,
eminente desemboque...
Atrévete ahora tú, mujer!
A probar sin papilas gustativas lo que es el miedo, lo que causa el desenfado, lo que ronda en las cabezas.
El ansia es prematura. Sobre la espuma sepultante del mar se queja desvalido aún su pulso. Debe entregarse mejor a los goces de la encarnación misteriosa; debe naufragar como nota de piano perdida.
Con el mismo Sol que empezó,
aquél vestido de Tarde,
aquél que se mezcló entre las calles como susurro de neblina; que no se repite y que al fin el cuello acaricia.
Su sal secó mi lenguaje. De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres, caminan, se detienen, prosiguen. No, no se repite. ¡Fue su momento, su vestido, su sol, su rojiza piel los que iniciaron este cadáver exquisito!
Exquisito cadáver que se extingue en el último bostezo del sueño risueño.
