martes, 15 de junio de 2010

La razón de este amor I

Escribo como si mis manos fueran tan frágiles como el cristal, como si fueran tan livianas como una pluma, como si tocara suavemente el piano intentando entonar una melodía triste, como si acariciara a un gatito, como si yo no fuera una fiera sino un dócil potro que ha abandonado su estado salvaje. Escribo porque es mi voz dormida porque mi voz dormida está y ahora se ha despertado. Escribo para que te sientas orgullosa, para que infles el pecho una vez más con mis -según tú- méritos de los cuales te olvidas cuando te enojas. Escribo, ahora, porque lo estuve evitando hace mucho tiempo y la verdad no se porque si siento que eso era lo único que después de todo te hacia sentir así, aunque ahora ya no se lo que es y lo que no es. Escribo porque a veces estoy poseída, porque a veces tengo miedo porque tengo ganas de llorar porque me acuerdo de ti aunque no hayas muerto y jamás lo harás. Escribo porque te amo, porque a pesar de muchas cosas siempre serás mi madre aunque no te soporte más. Escribo para no cortarme las manos porque algunas veces me he querido morir. Escribo porque soy una tremenda cojonuda y todo el mundo me vio y me ve la cara. Escribo porque desde que tengo memoria lo hago y porque desde que tengo memoria he conocido el dolor, escribo porque amo hacerlo, al igual que otras tantas cosas que no tengo la menor idea de donde proviene. Continuo escribiendo porque algunos dicen que soy buena escribo porque cuando empiezo ya no me puedo detener escribo porque me canso de escribir y lo vuelvo a hacer, escribo porque quiero hacer algo magistral algo sin igual algo que me haga creer que tengo talento, algo que no me haga sentir tan complicada aunque ahora de demasiadas comparaciones. Escribo por el, por ella por aquella y por la que fue y la que vendrá. Escribo porque es lo más especial que puedo hacer, a parte de entonar lo que escribo pensando que hago el ridículo una vez más y todos se  reirán de mi otra vez. Escriño porque me siento inútil y me refugio. Escribo porque creo que debo de saber quien soy escribo porque quiero ser alguien escribo porque quiero hacerte feliz, porque quiero ser feliz porque quiero que me feliciten y no sentirme miserable, escribo para sentirme abandonada escribo para morirme si me da la ganas o escaparme sin decir nada. Escribo porque lloro por dentro, porque rezo en silencio, rezo a quien me escuche aunque creo que ya se canso de oír y por eso escribo para que ahora lea, escribo porque siento que si tengo una pluma tengo el poder. Escribo porque siento que esta adentro escribo porque cuando no lo hago me deprimo escribo porque tengo fe de que ha alguien le interese mi vida mas allá de solo vivirla, escribo porque quiero gritar tantas cosas pero no puedo escribo porque es mas barato que grabar un CD y tener un single, tener un instrumento, ensayar alguna obra de teatro o pintar un lienzo. Escribo aunque las otras cosas m gusten pero sienta que no están a mi alcance. Escribo porque me muerdo las uñas y así por un rato logro distraerme de hacerlo. Escribo porque soy frágil, escribo porque soy fuerte. Escribo porque es como el futbol, una pasión. Escribo porque siento que pertenezco a alguien que soy de algo que vengo de algún sitio y no de la nada. Escribo porque tengo tanto en el pecho que no me cabe. Escribo porque me has dicho que estoy loca y así me tienes. Escribo porque tal vez me arrepienta algún día... 

martes, 8 de junio de 2010

Omnipotencia de mi locura

¿Alguna vez haz sentido esto que siento? Esto que me recorre, que me invade, que me posee, que se me mete -No eres tú, por si acaso- Eso que me empuja, que me influye, que me bota, que me delata, que me encanta.

Me muero de frío, y a estas alturas siento que te extraño tanto, que cualquier olor me recuerda a ti y a tu cuello y a tu ropa y a tus cigarros.

Me muero de frío, y lo único que me llena de calor, son las ráfagas apasionadas de querer escribir; eso y tus besos –de cajón tus manos-

Soy atrevida lo sé, soy loca también.

Estoy sofocada de tanto pensarte y darme cuenta que antes, hoy y siempre, me muero por ti.

Debe ser que tengo tanto, pero tanto sueño, que no duermo. Creo que jamás alcanzaría a satisfacerlo, aun así durmiendo…mil días. Los mil días claro. Pero sin ti, por eso no duermo. Sigo en la espera de dormir contigo, de olfatearte en la mañana con algún instinto protector, como de mamá perrita que oletea bruscamente a sus cachorros.

Pero pensándolo bien, no solo quiero dormir. Quiero dormirte, quiero doparte, quiero pepearte, para que jamás te vayas, para que jamás me dejes.

Soy como un ser sin ojos, sin oídos, sin gusto, sin tacto, sólo con olfato. Aunque apuesto que puedo tener solo uno de mis 5 sentidos y aun así, reconocerte. Soy una cronicuchera exiliada de la tierra de nunca jamás. Nunca jamás seré cuerda, seré muerta, seré seca, seré realista.

Creo que puedo amar todo -más aun de lo que ya lo hago- escribiendo y tratando de que cada línea te enamore, los enamore a todos.

Escribo con el afán de contentar a muchos, de satisfacer mentes y con el propósito de venderme. Por que me siento como la carne o como la presa de pollo que nadie quiere en el mercado. La rabadilla.

Al mismo tiempo intento deshacerme de todos estos traumas, de todas estas pesadillas, estos fantasmas y no intentar nada. Quedarme en medio de la piscina, solo flotando.

Pienso sin embargo -Aun así no empleando el cerebro para escribir- Que si me lees es por algo. Por que te dio curiosidad o simplemente te dio ganas de leer algo malo para poder vomitar. Pero si lo que escribo no existiera, no te imaginaria en la realidad de mis hojas. Haciéndote totalmente a mi antojo y a mi voluntad. Poniéndote de cabeza solo por gusto, por que te puedo describir igual, de la única forma que sé. De memoria.

Me siento omnipotente sobre las hojas, sobre los lapiceros, sobre ti cuando escribo. Omnipotente en cuatro paredes. Dominando a las cosas a mi alrededor y a la radio. Suponiendo que se volcaran contra mi en una rebelión alucinada.

Pero termina mi tiempo a solas y ya no domino.

Pido a gritos un asilo político en tu cuerpo y en tu mente. Tramito mis papeles en la legalidad de tus ojos. Con 2 pares de ubres de testigos. Con mi palabra bajo juramento. Con la locura de mis pensamiento y de mi “yo”. Y con sobre todo, el amor que te tengo.

Amen

No sé que hora de la tarde es.

Mi cuerpo se encuentra semidesnudo, al aire libre en ese lugar donde todos mostramos lo que comúnmente esta pálido. Es el Silencio…así se llama esta playa. ¿Cómo describir un ambiente tan veraniego? Una playa ancha y baja, con olas de 2 metros, agua cristalina como son las playas del sur, cielo despejado y un ambiente lamentablemente no tan favorable como la de otros domingos –too much people-. Entre la brisa marina, las gaviotas, el sonido de una emisora conocida y el bullicio de los niños llenos de suplicas pidiendo todas las golosinas playeras; estoy sentada.

Con ese bikini que aun no has visto, pero que esta vestido en el cuerpo que tu aroma ha tomado como suyo. No estas y me bastaría que aunque sea estés en tácito, ¿tú me entiendes, no? A mi costado, tapándote del sol porque asumo que detestas sudar, mientras yo, quiero locamente broncearme. No te lo he dicho pero hace algún tiempo -creo que antes de conocerte- soñé que estaba en la playa, recostada en la arena con los ojos cerrados, pretendiendo tener el color de la canela o del pollo a la brasa. De pronto, oigo la que creo y espero acertar, es tu voz diciéndome palabras dulces frente mío, tapándome al mismo tiempo la luz. Con la más noble sonrisa del mundo. Esa que me encanta. Me extiendes la mano derecha y con los ojos entreabiertos te digo: ¿qué pasa mi amor? sólo respondes: “vamos adentro que es hora del almuerzo”. Asumo -de forma muy romántica- que esto será en el futuro, nuestra luna de miel o de edulcorante. Pidiéndote perdón de antemano por adelantarme a lo que podría ser nuestra historia o sea la historia de nuestra vida “together”.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Desesperación

¿Cómo le rompes el corazón a alguien? ¿Cómo le haces creer que todo esta bien, que todo es cómo cree o como quiere creer? ¿Cómo ilusionas a alguien? ¿Cómo y cuánto eres capaz de mentirle alguien? ¿Cuánto eres capaz de hacerla llorar? Sin pensarlo, siendo egoísta, sin querer serlo, estando lejos y alejarla más y más; casi tanto como un barco que zarpa hacia el mar, hasta que desaparece en el horizonte.

¿Cuántos mares puedes formar? ¿Cuántas lagunas mentales puedes tener? ¿Cuánto quieres olvidar? ¿Cuánto quieres desparecer? ¿Cuánto quieres querer? ¿Cuánto te hacen querer? ¿Cuánto te obligan a amar?…¿te obligan a amar? o es que por cosas que tu creíste, que te parecieron, que te sedujeron, que pensaste ¡que simplemente pensaste!

Tu aquí y yo, allá siempre lo he dicho; pero ésta vez ya no estás allá…simplemente y para variar no estás y ya me cansé de esperar, yo tampoco estaré.
Seré grosera. Se me borró la raya, se me desapareció y no la recuperaré hasta que no vengas y darme cuenta que todo no era nada y que mi nada es mi nuevo todo.

¿Cuántas flores siembras por alguien? ¿Cuánto maíz cosechas por alguien? ¿Cuánto cereal y cuánta leche eres capaz de servir?, para poder amanecer todos los días con algo de alimento, un alimento que sea como el amor, tan grande, tan extenso. Obviamente no el que siembras tú.
¿Cuánto? ,  ¿Cuánto? , ¿Cuánto eres capaz de crecer? ¿Cuánto eres capaz de reinventarte? ¿Cómo haces crecer las flores? ¿Cómo haces que palpite el corazón? ¿Cómo haces que vuelen las mariposas? ¿Cómo te enamoras de alguien, si no tienes corazón?



Ésta no es la primera vez que escribo de este modo; la gran diferencia es que ésta vez he decidido publicar algo que ha nacido de mis ojos porque hoy, al igual que muchos, no es el día más feliz de mi vida. Me encuentro como lo que me sucede cada tres años, mis golondrinas se escapan,  vuelan;  es que emigran y como todo en esta vida cumplen su ciclo. Mueren y no tengo nada mas que golondrinas muertas, grises y tristes -no sé si más ellas o más yo-

Me he dado cuenta que el lazo que tienen amarrado a las patas -lazo tejido de mis propias palabras e ilusiones- acaban por darles mucha libertad. Se acercan al sol, como Ícaro y se les queman las alas.

jueves, 25 de febrero de 2010

Negro



Negro profundo, casi tanto como tus ojos,
casi tanto como la noche de Lima.
Tan profundo como lo que veo.

Recorro el poco brillo que nace de mi cabello,
 el que te guía,
el que te conduce hacia donde sólo tus pecas ven;
 hacia donde nuestros lunares se reconocen.

Oscurece aun más, un poco más y otra vez ya no te veo,
ya no hablo, ya no siento vida,
 sólo siento miedo. Haz desaparecido.

No he podido leer las cuatro letras que describen tu alma,
siento que están vacías, siento tantas cosas.
Siento todo con miedo.

Me lamento. No me quiero despegar de la realidad,
sigo pensando que te veo cuando solo veo un color.
Entonces me doy cuenta, respiraste en mi oreja.

Reconozco tu cara con mis inútiles manos,
escucho que has encendido la luz.
Me desespero, ¡no veo!

Sigue en negro todo, en negro.
Mis manos húmedas y mi aliento agitado describen la escena irreal…
¡Me he arrancado los ojos de la impotencia de no verte llegar!

sábado, 23 de enero de 2010

Rosado


Conejos, cientos de conejos rosados dando saltos sobre mi cabeza. Alborotándola, despeinándola, enredándola, moliéndola. No sé donde esta mi boca, ni mis ojos, ni si quiera mi nariz.

Siento como mis sueños me hacen descubrir mis miedos, como danzan para mí los espectros oscuros y desnudos para hacerme sentir cerca de la muerte, muy cerca de morir.

Los golpes continúan martillándome la cabeza, haciendo más difícil pensar y como se me ha perdido la nariz, se me hace más difícil respirar y mucho más hablar, hablar contigo.

Todo se complica, legiones de lindos conejos obstruyen el paso de mi razón de mi coherencia de mi paz.

Las pesadillas regresan una y una vez. No lo sabes, no preguntas, no quiero que lo hagas. Me asfixian tus pequeñas patas de conejo rosado.

Un par de golpes más y soltaras algún reclamo. Seguro que me dirás, que me importa más escribir estúpidamente unas estúpidas líneas tan metafóricas que solo mi tonto cerebro comprenderá y que mi estúpida mano tan torpe, dibujará al escucharte gritar lo mala que soy porque soy yo y no otra más.

Tus dientes han carcomido lo suficiente mi frente, ahora, tus pezuñas rosadas chocan directamente con la poca masa gris que consideras que tengo. Se llenan de sangre tus patitas, se vuelven rojas, rojas como mi nariz cuando lloro.

Hago puchero y la gravedad empuja mis lágrimas hacia la cama en la que duermo, en la que creo descansar. El único lugar donde pensé que estaba segura hasta que comencé a tener pesadillas, ahora nada es seguro. El eco de lo negativo rodea todo.

Acabo de encontrar mis ojos, pero ha sido demasiado tarde. Se han inundado tanto, que puedo llenar mis manos, con tanta agua salina que expiden mis dos óvalos blancos con marrón. Esos óvalos que dicen todo y hablan o gritan, lo que mi boca se demora en decir o no dice.

Vuelven los conejos rosados. Les pido tregua. Mi nariz quiere parar. Todo se pone rosa, rosado, aunque no me gusta. Y no cambia porque aparece algún “tu”, sino porque la música ha invadido el mar de letras que tenía en la cabeza, los ha ordenado y lo he entendido.

Sufro de nuevo, pero con algo de satisfacción. Vuelvo a escribir a pesar de que no te guste, sigo siendo yo. La misma que muere por un lapicero y un papel, cuando no puede ver ni sus manos.

Burbujas en el mar

Manos sumergidas en una hendidura tan, pero tan profunda, que se han perdido. Lentamente, he intentado desprenderme de la fuerza con la que me atrae. Pero no puedo.

El mar embravecido inunda los orificios de mi cara y no me deja respirar, ni ver y mucho menos, escuchar.
Por fin, desatoro mis manos, del agujero profundo y puntiagudo en el que estuvieron atrapadas. Mi piel se desgarra. Siento, cómo la más filuda punta que tiene esa maldita roca, se osa a tocar a piel.

Entonces, después de alzar la cabeza tras la última ola que sumergió mi cuerpo y lleno de burbujas mis oídos; corre una corriente caliente que se desliza rápidamente por mi pantorrilla.

Caigo rendida en la arena. La aceleración de mis latidos, la falta de oxigeno, la nulidad con la que escucho los gritos lejanos de lamento y desesperación de mi mamá, hacen cada vez más lejana la fe esta vida.
Un susto, sólo un susto. Abro los ojos pero los vuelvo a cerrar. La salinidad del mar incinera mis ojos. Me arden, siento que el fuego está en ellos. Me toco la cara. Gracias al cielo todo está en su sitio. Mis oídos, mi boca y mi nariz, no pudieron ser removidos por la fuerza ni la braveza ni la furia, con la que el mar se ensañó conmigo.
Sólo entonces, cuando descubro que estoy viva. Me siento lentamente y una línea de rojo intenso, cubre parte de mi pierna.

Toco la herida. Las yemas de mis dedos sentían la perfección de lo afilada que estaba la roca. El corte fue perfecto. Pero el final de la carne viva y roja, muy roja, se rasgó como el papel.

Mis dedos se deslizaban en la hendidura como cuando se suele tocar la plastilina, con tanta libertad que me asustaba la profundidad del corte.
Mis manos rojas al fin, hicieron que mi cuerpo reaccionara ante el suceso de mi casi muerte.
Sentí lo que aún desgarraba mi piel. La última esquirla de peña que me atacó en el mar.